En Te Anau disfrutamos de nuestro primer trekking en un "rainforest", una selva tropical con muchisima pluviometria. La cubierta de árboles más alta se encarga de proteger del sol a todo lo que habita en la zona inferior, donde se desarrollan helechos, musgos de formas muy diferentes y al haber tanta humedad crecen en el hasta unas palmeras preciosas que se componen de helechos. Son bosques con una luz especial, cuando caminas por ellos sientes, que están llenos de vida. El agua es una constante aquí, en forma de lluvia, cascada, arroyo o río, muy diferente al paisaje seco de Castilla al que estamos acostumbrados. Aprovechamos el tiempo alucinando con la variedad de verdes que encontramos en el camino. Luego nos dimos un baño en el agua helada del lago y continuamos conduciendo con dirección a Milford Sound en busca de los fiordos.
Atravesamos el túnel (Homer Tunnel) y de repente nos vimos metimos en un estrecho valle, en el que a ambos lados estaban las montañas coronadas de nieve (incluso en verano se mantiene). Recorrimos unos 20 Km por esa carretera, con un paisaje espectacular, hasta llegar al pueblo de Milford.
Esta vez nos alojamos en un camping muy acogedor en el que aprovechamos para hacer la colada, pegarnos una ducha de agua caliente, conectarnos a Internet y cocinar.
Esa misma noche tuvimos una cena muy especial: TORTILLA de PATATA con CALABAZA. Como me acordé de Vito y de Mami, cuando la estuve haciendo. Me lo pasé genial, porque la gente que estaba cocinando a mi lado me miraba de reojo cuando batia los huevos y freía patatas, pero lo mejor venia cuando la daba la vuelta con el plato, se les vierais las caras de flipaos que ponían, parecía que no habían visto en su vida, hacer una Tortilla. Quizás de patatas…no.
Después de cinco meses sin probar algo con sabor a ESPAÑA, para nosotros era un momento súper emotivo, tanto, que estábamos hasta nerviosos cuando la tuvimos enfrente dispuesta para comérnosla. Los dos notamos que de repente no podíamos parar de sonreír y que nuestras caras estaban llenas de felicidad. Fue probar el primer bocado y a Rico le empezaron a brillar los ojos, tanto, que casi se me pone a llorar. Menos mal que me salió bien, poco cuajadita (como les gusta a el y a Jose) porque, yo no las tenía todas conmigo después de tanto tiempo sin cocinar nada. Y como diría Rico y nunca mejor dicho: nos supo a gloria… se nos saltaban las lágrimas.
Durmimos placidamente, pensando que al día siguiente nos esperaba una travesía en barco por el fiordo en MILFORD SOUND.
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