De la zona de Ijem tan sólo sabíamos que había cafetales y producción de azufre. La visita a los cafetales se vino abajo nada más llegar, ya que nos alojamos en el hotel del cafetal y pudimos ver que ya se había recogido toda la cosecha, tan sólo nos quedaba la visita a los portadores de azufre.
Nos levantamos todos muy temprano, ya que el trabajo en la zona empieza al amanecer y termina sobre las 3 de la tarde cuando las nubes se amontonan en la parte alta del volcán y el transporte del azufre se vuelve peligroso.
Sobre las 8 de la mañana ya estábamos al pie del volcán.
Empezamos la subida y nos cruzamos con los primeros porteadores, sobre sus espaldas llevaban un palo y a ambos lados unos cestos de palma cargados de azufre. El trabajo parecía bastante duro, pero al verlos caminar cuesta abajo no nos paramos a pensar cuánto de duro podría ser. Seguimos caminando y cruzándonos con más porteadores, les hacíamos fotos y nos pedían cigarrillos o galletas. Tras media hora de subida llegamos a la zona de pesado y allí empezamos a ver de qué se trataba la cosa.
Llevaban a sus espaldas entre 70 y 90 kilos de azufre. Algo inhumano. Nuestras caras comenzaban a cambiar por momentos.
Sobre las 8 de la mañana ya estábamos al pie del volcán.
Empezamos la subida y nos cruzamos con los primeros porteadores, sobre sus espaldas llevaban un palo y a ambos lados unos cestos de palma cargados de azufre. El trabajo parecía bastante duro, pero al verlos caminar cuesta abajo no nos paramos a pensar cuánto de duro podría ser. Seguimos caminando y cruzándonos con más porteadores, les hacíamos fotos y nos pedían cigarrillos o galletas. Tras media hora de subida llegamos a la zona de pesado y allí empezamos a ver de qué se trataba la cosa.
Llevaban a sus espaldas entre 70 y 90 kilos de azufre. Algo inhumano. Nuestras caras comenzaban a cambiar por momentos.
Continuamos subiendo y por el camino no parábamos de cruzarnos con portadores, unos subían para cargar de nuevo sus cestas vacías y otros bajaban con la carga. Impresionante el tránsito de la zona. En otra media hora, llegamos al circo del volcán. Desde allí, cuando la nube de humo de la fumarola te dejaba ver, en el fondo del cráter se divisa una laguna de color turquesa y una zona amarillenta: la fábrica de azufre.

Empezamos el descenso a la mina y ahí fue donde nos dimos verdadera cuenta del gran esfuerzo de los porteadores. Haceros a la idea que desde abajo de la mina había una subida de casi media hora por un sendero súper empinado de piedras. A nosotros nos costaba subirlo en cuarenta minutos, con esfuerzo y sin peso; ellos lo hacían en dos horas, cargados con el azufre, algunos descalzos, otros en chanclas o en zapatillas de lona. Aparte del sufrimiento, el esfuerzo físico les dejaba lesiones en las articulaciones. Por otro lado los problemas respiratorios causados, por estar en contacto directo con el humo que desprende el azufre por la fumarola durante la subida, además del inconveniente de donde soplara el viento, porque si soplaba en esa dirección toda la subida la hacían bajo un humo tóxico, que te impedía abrir los ojos y respirar a no ser de llevar un trapo húmedo en la boca.
Bajamos hasta la mina y pudimos ver la gran “fábrica”, unos tubos canalizaban la salida de humos de la fumarola y utilizaban agua para enfriar el gas sulfúrico, canalizándolo de tal manera que el azufre líquido caía al suelo. En la zona tan sólo había un encargado de mantener esos tubos y este era el único que más o menos cumplía con el reglamento de prevención de riesgos laborales. Ropa que parecía estar dentro de la normativa y una rudimentaria escafandra para protegerse de los gases. Los porteadores esperaban a que el azufre se solidificara en el suelo y con una palanca y sin ni tan siquiera una máscara, entraban en la nube tóxica para recogerlo y luego transportarlo durante dos horas de subida, más otra de bajada.
Bajamos hasta la mina y pudimos ver la gran “fábrica”, unos tubos canalizaban la salida de humos de la fumarola y utilizaban agua para enfriar el gas sulfúrico, canalizándolo de tal manera que el azufre líquido caía al suelo. En la zona tan sólo había un encargado de mantener esos tubos y este era el único que más o menos cumplía con el reglamento de prevención de riesgos laborales. Ropa que parecía estar dentro de la normativa y una rudimentaria escafandra para protegerse de los gases. Los porteadores esperaban a que el azufre se solidificara en el suelo y con una palanca y sin ni tan siquiera una máscara, entraban en la nube tóxica para recogerlo y luego transportarlo durante dos horas de subida, más otra de bajada.
Durante la bajada a la fábrica y en la posterior subida no paramos de cruzarnos con los porteadores. Cada 20 minutos aprox. hacían una parada para descansar, charlaban con nosotros, les hacíamos fotos y les dábamos cigarrillos que habíamos comprado en la cantina para ellos,(a cambio de nuestro reportaje fotográfico)estaban encantados; total qué mas da un cigarrillo más, cuando estás expuesto a este nivel de peligrosidad en cuanto a gases y a ese sobrehumano castigo corporal. …Increíble, la fuerza y el espíritu de esta gente, se te partía el corazón de verlo, sin embargo por su parte todo eran risas y agradecimientos por los obsequios. Nos preguntaban de donde éramos, alguno hablaba algo de inglés y nos contaba lo que les pagaban. Salían por unas 600 rupias el kilo, de media ganaban unos 6€ al día, un sueldo bastante digno, en un país con un 40% de tasa de paro. Realmente se les veía contentos; continuamente bromeaban y jugueteaban entre ellos y con nosotros; nos costaba entenderlo, cuando para nosotros ese trabajo era… claramente esclavitud.
Preguntamos porqué no se construía un sistema de poleas o simplemente por qué no se ponían unos escalones para mejorar el camino. Pero al parecer, por ser parque nacional no se podía hacer ningún tipo de instalación. Quizás fuese lo mejor para estos porteadores, ya que para ellos y sus familias la fábrica lo era todo y si se cerrase o se cambiase el modelo de trabajo…seguramente estarían perdidos.
Preguntamos porqué no se construía un sistema de poleas o simplemente por qué no se ponían unos escalones para mejorar el camino. Pero al parecer, por ser parque nacional no se podía hacer ningún tipo de instalación. Quizás fuese lo mejor para estos porteadores, ya que para ellos y sus familias la fábrica lo era todo y si se cerrase o se cambiase el modelo de trabajo…seguramente estarían perdidos.
Volvimos sobre nuestros pasos y continuamos con el ritual de fotos y cigarrillos. A la vuelta nos cogió la nube tóxica en la subida y tanto ellos como nosotros no paramos de toser, mientras nos esforzábamos por llegar a la cima. Una vez arriba nos despedimos del valle. Juan Luis, Emilio y nosotros volvíamos llenos de emociones, realmente habíamos alucinado con este sitio perdido del mundo, con la gente, con el trabajo, con el azufre... Nos fuimos con la certeza de que el día de hoy había sido uno de los más intensos e interesantes que hemos tenido en todo nuestro viaje.
La salida del valle fue toda una aventura. Dejamos marchar a los de Vitoria y a las alemanas con el minibus, porque nosotros 4 decidimos quedarnos más tiempo, pero entretuvimos demasiado, tanto nos demoramos, que de los pocos transportes que llegan al valle, ya no quedaba ninguno. Tan sólo teníamos la opción de marcharnos con unos chicos, que les vendrían a recoger, pero antes nosotros tendríamos que pasar por el hotel, que estaba a unos 20km por una carretera sin asfaltar, recoger el equipaje y volver al valle. Intentamos regatear con el masca que manejaba todo el cotarro, para que nos dejase 4 motos a buen precio y así poder ir al hotel más rápido y que nos diese tiempo a irnos con los chicos, pero el tío nos pedía una burrada y no bajaba ni un céntimo, porque sabía que esa era nuestra única salida. Comenzó a llover y todo se complicaba aún más, así que finalmente desistimos de las motos. Por la lluvia y por el tío que era uno de los pocos arrogantes que deben de existir en este país. Llegaron a recoger a los chicos y perdimos la oportunidad. Esperamos a que los pocos coches que había aparcados fueran desapareciendo, pero por supuesto, no sin antes intentar todas posibles oportunidades. Tampoco hubo suerte, todos iban en la otra dirección. Probamos ha hacer autostop bajo la lluvia, preguntamos a los locales, a los chicos que pasaban por allí... lo intentamos todo, pero sin ver nada claro. Hasta que llegó un coche con una pareja de turistas holandeses con conductor, que simplemente estaban de paso y pararon allí para tomar un café. Sin dejarles casi sentarse, fuimos a ellos y les pedimos ayuda. Con tan buena suerte que se prestaron a llevarnos a dos. Acordamos que fueran Ricardo y Juan Luis. Mientras nosotros esperaríamos a que se acordasen de rescatarnos. A la vuelta solo vendría Rico con el conductor, ya que JuanLu se quedaría un día más, para completar su reportaje fotográfico. Emilio y nosotros nos iríamos a coger el ferry camino de Bali.
Otra odisea allí, nos esperaría de nuevo a los tres.
La salida del valle fue toda una aventura. Dejamos marchar a los de Vitoria y a las alemanas con el minibus, porque nosotros 4 decidimos quedarnos más tiempo, pero entretuvimos demasiado, tanto nos demoramos, que de los pocos transportes que llegan al valle, ya no quedaba ninguno. Tan sólo teníamos la opción de marcharnos con unos chicos, que les vendrían a recoger, pero antes nosotros tendríamos que pasar por el hotel, que estaba a unos 20km por una carretera sin asfaltar, recoger el equipaje y volver al valle. Intentamos regatear con el masca que manejaba todo el cotarro, para que nos dejase 4 motos a buen precio y así poder ir al hotel más rápido y que nos diese tiempo a irnos con los chicos, pero el tío nos pedía una burrada y no bajaba ni un céntimo, porque sabía que esa era nuestra única salida. Comenzó a llover y todo se complicaba aún más, así que finalmente desistimos de las motos. Por la lluvia y por el tío que era uno de los pocos arrogantes que deben de existir en este país. Llegaron a recoger a los chicos y perdimos la oportunidad. Esperamos a que los pocos coches que había aparcados fueran desapareciendo, pero por supuesto, no sin antes intentar todas posibles oportunidades. Tampoco hubo suerte, todos iban en la otra dirección. Probamos ha hacer autostop bajo la lluvia, preguntamos a los locales, a los chicos que pasaban por allí... lo intentamos todo, pero sin ver nada claro. Hasta que llegó un coche con una pareja de turistas holandeses con conductor, que simplemente estaban de paso y pararon allí para tomar un café. Sin dejarles casi sentarse, fuimos a ellos y les pedimos ayuda. Con tan buena suerte que se prestaron a llevarnos a dos. Acordamos que fueran Ricardo y Juan Luis. Mientras nosotros esperaríamos a que se acordasen de rescatarnos. A la vuelta solo vendría Rico con el conductor, ya que JuanLu se quedaría un día más, para completar su reportaje fotográfico. Emilio y nosotros nos iríamos a coger el ferry camino de Bali.
Otra odisea allí, nos esperaría de nuevo a los tres.
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