Como no, a las 7 de la mañana nuestro querido conductor ya tenía el aire acondicionado a tope, es una manía que tienen en todas las ciudades asiáticas donde se pasa de 30 grados en el exterior a 18 en cualquier tienda, edificio o medio de transporte. En Hong Kong es algo bestial, allí empezó Ricardo a notar los primeros síntomas de un resfriado que se duraría hasta que dejamos la jungla.
Malasia es un país lleno de vegetación, tanto el período de lluvias como la humedad del ambiente hace que la mayoría del país esté formado por una selva. El camino fue bastante tranquilo, a ambos lados de la carretera veíamos plantaciones de palmas que le han robado terreno a la jungla, una vez llegamos al río pudimos hacernos una idea de donde pasaríamos los siguientes días, una jungla impenetrable donde las plantas y árboles crecen buscando el sol de la parte superior de la jungla, mientras debajo de ellos se desarrollan las plantas trepadoras y otras especies.
El camino en barca fue una pasada, tres horas remontando el río hasta que llegamos a un pueblo donde nos alojamos.
Como siempre buscamos techo y en el albergue encontramos a dos chicas de Munich que nos dieron un montón de información sobre nuestro siguiente destino las Islas Perhentian, juntos nos fuimos a cenar a los restaurantes flotantes del río y de vuelta justo al llegar al albergue cayó una chupa de agua de cuidado, en el porche del albergue disfrutamos de esa lluvia que hace que crezca esta maravillosa jungla.
Por la mañana fuimos a hacer un trekking, primero un paseo suave que nos llevó a un puente colgante que han construido en la jungla, no era la diversión de atravesar estos puentes lo que nos interesaba sino el tener la visión que tienen los monos y los pájaros que habitan la jungla, una experiencia bastante interesante. Tras el puente empezó lo bueno, no entendíamos porqué en los mapas ponía que para recorrer 9 kilómetros se necesitaban 6 horas, tras media hora empezamos a darnos cuenta, el sendero ascendía y descendía abruptamente, muchas veces teníamos que utilizar cuerdas habilitadas para poder subir o bajar por él, empezamos a andar a las 9 de la mañana y terminamos a las 3 de la tarde casi corriendo para no perder la barca que nos recogería 9 Km más arriba, fue una gran paliza. La jungla es una auténtica pasada, apenas oyes ruidos excepto los de los grillos y algún que otro pájaro que no llegas a ver por la densidad de la vegetación, los únicos animales que logras ver son hormigas gigantes de casi un dedo tamaño, alguna araña, y muchas sanguijuelas, a Vanesa se le pegaron unas 3 en las piernas y a mi una en el sobaco, por suerte a la mayoría logramos despegarlas antes de que empezaran a chupar, sólo una se le pego a Vane casi a la altura de la rodilla y hubo que esperar a que se llenara de sangre y se soltara por motu propio. Durante el camino encontramos una aldea de aborígenes al otro lado del río y un poco más adelante nos encontramos a una familia haciendo fuego con palos y hojas secas, preparando la comida en hojas de palma, era como ver un reportaje del National Geographic, es impresionante que estas tribus estén todavía allí manteniendo sus sistemas de vida tradicionales.
En la barca tuvimos una sesión de carrera ( a los malayos les encanta la velocidad) y otra de lluvia, nos cayó encima el diluvio universal mientras nuestro capitán se dedicaba a sortear los rápidos del río a toda velocidad…
Al llegar al albergue nos dimos una ducha y tras terminar de ver llover nos fuimos con nuestras amigas a disfrutar de una merecida cena. Tras la paliza del día de hoy y con la info que teníamos decidimos salir al día siguiente hacia las Perhentian ya que el monzón estaba llegando y las podían cerrar en cualquier momento.
Por la mañana cogimos un autobús local y a la 1, tras comer cogimos el tren de la selva, un tren que atraviesa malasia por el interior de norte a sur. La experiencia estuvo bien, sin embargo los paisajes son un poco monótonos, vegetación a ambos lados y de vez en cuando alguna que otra aldea, tras 8 horas de tren piensas que podías haberlo cogido nocturno y aprovechar el día de otra manera.
El tren de la selva nos dejó en Kotha Baru, la última ciudad del noroeste peninsular de malasia. Por la noche cenamos en el mercado nocturno y nos fuimos al albergue a dormir.
Por la mañana estuvimos visitando la ciudad, los distintos mercados, el de frutas y hortalizas, la lonja de pescado, los productos textiles, de nuevo otro mundo de colores, olores y sabores.
A las doce cogimos un autobús que nos acercaría a Jesutt Betty, el puerto de salida de las lanchas rápidas hacia las islas perhentian.