Nuestro siguiente destino era Langkawi, otra isla con hermosas playas y maravillas naturales al norte de Penang, que nos conectaría con Tailandia y las islas del archipiélago de Koh Tarutao, una reserva marina que prometía.
Lo primero que hicimos tras llegar a Langkawi fue alquilar una moto. Pasamos el resto del día visitando la isla y disfrutando del sol y del viento en nuestras caras, mientras conducíamos por esas carreteras.
Visitamos una zona de jungla. Durante todo el camino nos acompañaron unos monos marrones con una mala leche increíble; ni siquiera un palo que llevábamos en la mano les hacía amedrentarse. El objetivo era llegar a unas cataratas, ver la caída del agua y después subir por encima de ellas para divisar el mar. Arriba encontramos unas pozas en las que yo disfruté de un baño mientras Vanesa hacia fotos al paisaje. En un momento de descuido aparecieron unos monos de los del camino, como Vanesa había dejado sus cosas al otro lado de la poza… tuvo que cruzarla apresuradamente, tan rápido que tropezó y se cayó enterita en el agua, con tan mala suerte que llevaba en una mano la cámara de fotos; lo mismo me pasó a mí, por intentar salvarla. Mientras los dos buceábamos en la corriente e intentábamos salir del atolladero la cámara de fotos pasaba de mano en mano, manteniéndola siempre en alto evitando que se mojara. Menos mal que Vanesa consiguió más o menos reincorporarse, o más bien mantener el equilibrio, (aún permanecía tumbada) y yo pude pasársela de nuevo. Ella al instante, sin perder ni un segundo se la pasó seguidamente a una mano que vio extendida en la otra orilla, era una chica que había presenciado el espectáculo y gracias a su buena voluntad y a que estaba en tierra firme, puso a salvo la cámara. Menuda escena, para grabarla y verla después a cámara lenta, porque todo sucedió tan rápido, que analizando la situación no sabíamos las veces que nos la conseguimos pasar, menos mal que se nos apareció un ángel.
Lo primero que hicimos tras llegar a Langkawi fue alquilar una moto. Pasamos el resto del día visitando la isla y disfrutando del sol y del viento en nuestras caras, mientras conducíamos por esas carreteras.
Visitamos una zona de jungla. Durante todo el camino nos acompañaron unos monos marrones con una mala leche increíble; ni siquiera un palo que llevábamos en la mano les hacía amedrentarse. El objetivo era llegar a unas cataratas, ver la caída del agua y después subir por encima de ellas para divisar el mar. Arriba encontramos unas pozas en las que yo disfruté de un baño mientras Vanesa hacia fotos al paisaje. En un momento de descuido aparecieron unos monos de los del camino, como Vanesa había dejado sus cosas al otro lado de la poza… tuvo que cruzarla apresuradamente, tan rápido que tropezó y se cayó enterita en el agua, con tan mala suerte que llevaba en una mano la cámara de fotos; lo mismo me pasó a mí, por intentar salvarla. Mientras los dos buceábamos en la corriente e intentábamos salir del atolladero la cámara de fotos pasaba de mano en mano, manteniéndola siempre en alto evitando que se mojara. Menos mal que Vanesa consiguió más o menos reincorporarse, o más bien mantener el equilibrio, (aún permanecía tumbada) y yo pude pasársela de nuevo. Ella al instante, sin perder ni un segundo se la pasó seguidamente a una mano que vio extendida en la otra orilla, era una chica que había presenciado el espectáculo y gracias a su buena voluntad y a que estaba en tierra firme, puso a salvo la cámara. Menuda escena, para grabarla y verla después a cámara lenta, porque todo sucedió tan rápido, que analizando la situación no sabíamos las veces que nos la conseguimos pasar, menos mal que se nos apareció un ángel.
Tras la aventura con los monos nos fuimos a una de las playas más lejanas de la Isla para ver la puesta de sol, estaba tan lejos que según el mapa, allí terminaba la carretera, pero no pudimos comprobarlo, al igual que tampoco pudimos ver la puesta, ya que a tan sólo unos kilómetros de ella… se nos estropeó la moto. El sistema de arranque automático no funcionaba, estábamos en la otra punta de la isla y comenzaba a oscurecer muy rápido. Después de varios intentos fallidos, decidimos parar a algún coche, pero no hubo suerte, la noche si nos echaba encima y los mosquitos también. Menos mal que Vanesa descubrió que tenía pedal de arranque, porque si no hubiese sido una noche muy larga. Tuvimos casi una hora de viaje para llegar al alojamiento, pero una vez allí nos fuimos a celebrarlo con una espléndida cena de pescado a la barbacoa.
Tras cenar estábamos agotados y nos fuimos a la cama con tristeza, pensando que dejaríamos atrás Malasia. Un país que nos ha encantado, su gente, la mezcla de culturas musulmana, hindú y china, la herencia cultural que se ve en sus ciudades, los paisajes, la jungla, las playas y la comida, todo ha sido maravilloso aquí y muy fácil.
Esperamos volver pronto.
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